Antes de levantar templos, foros y grandes edificios, Roma tuvo que resolver un problema bastante menos glorioso: el agua que se acumulaba en sus calles y las inundaciones del Tíber. De esa necesidad nació una de las grandes obras de ingeniería de la Antigüedad. La Cloaca Máxima empezó como un sistema de drenaje y acabó formando parte de una red que permitió transformar una zona pantanosa en el corazón político de Roma. Y lo mejor es que una parte de aquella obra sigue ahí, bajo nuestros pies.
